Te dejé caer;
quisiste cortar una flor,
y abrazaste un cardo envenenado.
Te dejé morir;
retiré mi mano
cuando esperabas mi corazón
y nunca sabré
que escondían tus laberintos.
Se apagó el sol
y la oscuridad me compró
y me hundí
en un pantano de algodón.
Me desconecté,
y no supe más del calor ni del frío;
del dolor ni de la risa;
del amor y el desamor;
de lo eterno y lo finito.
Te dejé caer
en un abismo de ilusión
del mago de mil caretas,
y no supiste distinguir
el camino de salida y el del olvido.
Te dejé morir
aplastando el aire de tus días,
los sueños de tus noches,
las caricias dormidas.
Me desconecté;
retire mis cables de placer
y los escondí bajó el baúl,
para no buscarte;
para no sentir, para no vivir tu piel.
Te dejé caer
en un espació que olvidé;
en un punto aparte sin guión;
en un párrafo que no volveré leer,
de un libro que ya acabé.


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