viernes, 29 de julio de 2016

CONFESIONES ABORTADAS




Tenía tanto que confesarte, sin embargo te fuiste.
No pude siquiera hablarte ni de mis penas ni alegría;
no alcance a mencionar ni mis sueños y desvelos;
ni contarte de mi risa disfrazada de melancolía,
y sin embargo te fuiste sin preguntarme si me dolía.


Se estrellaron en el filo del abismo, mis sueños,
atropellados por mi anhelos resucitados,
por mis proyectos y deseos, 
apretujados y atrincherados por mis ilusiones marchitas;
por tanta palabra vana cayendo por el despeñadero 
de tu espalda infinita, fría y huesuda,
que parecía caminar desnuda cuando te fuiste.


Tenía tanto que confesarte, pero te fuiste.
Tal vez escapando para no bailar la canción
en una nota que ya no existe;
para no abrazar las cenizas en el viento
de los viejos vestidos de muñecas incendiadas,
ni abrazar el olor de un vals que se baila solo,
de notas crepusculares, mortecinas, decadentes.
Te fuiste como adivinando lo que danzaba en mi mente.


Se apagaron las luces de la pista
y todavía percibo el olor de tu partida,
y el hielo de tu espalda fría, huesuda e infinita,
donde se miran mis sueños, mis anhelos y mis ilusiones,
marchitas, mortecinas, decadentes.


Van despeñándose una a una las letras de mi mente,
en una danza suicida que las conduce a un vacío,
vacío que ni siquiera se si tengo, y sin embargo
van muriendo porque te fuiste.

miércoles, 20 de julio de 2016

NO TE VI VENIR



No te vi venir, ni te puede presentir
solo el roce de tus labios me alertó de tu presencia,
y despertó en mi un recuerdo
de una esencia olvidada, dormida, ausente.

No te vi venir y no sé si quiero verte partir.
El amor desde el silencio, desde un rincón donde brillan tus ojos,
me acaricia a través del aire, de las miradas y los suspiros,
y me desconcentra y ya no sé qué es presente o que es pasado.

No te vi venir como un murmullo en la tormenta;
como una pausa en el remolino;
como un refugio del ruido de tantas voces diciendo nada;
como un espacio donde dormir no es posible.

No te vi venir,
y mientras abrigo el café de la mañana,
entre mis manos temblorosas,
me imagino cómo decirte adiós cuando te tenga que ver partir.





domingo, 27 de marzo de 2016

LA CARENCIA EN MÍ

La carencia, el tener falta de algo, en cualquiera de los sentidos, nos hace esforzarnos hasta que nos cueste la vida por tenerlo.

Por eso no hay que ir a comprar al supermercado antes de la hora de almuerzo, porque el hambre, la carencia de alimentos nos hará echar al carro lo primero que pillemos; es como en el amor, si estamos carentes de afecto, nos "casaremos" con lo que tengamos a mano.

De las carencias, creo que la emocional es la más perversa que se nos puede cruzar en la vida. Es la que nos provoca el dolor, la envida por no tener aquello que tanto "necesitamos" y que nos hace sentir "vacíos", como si algo no estuviera "bien" en nuestras vidas y que somos capaces de "llenar", no sólo con flores o virtudes, sino que generalmente lo hacemos con  con vicios y adicciones que nos permitan apagar el tiempo para no tener que soportarlo sobre nuestros hombros, porque éste se transforma en un dolor profundo y creciente en tanto esa persona que, se supone, debiera estar proveyéndonos de amor y cuidados no llega, no se aparece en el horizonte.

 ¿Qué hacemos entonces?

Entonces nos creamos alguien allá "afuera" que nos ame, pero bajo ciertas condiciones ¿No les parece familiar esa "condición"? Nuestros dioses-padres (para los niños no hay nada más grande que ellos), nos "amaban" con la condición de que fuéramos buenos y obedientes. Eso lo replicamos en nuestros "dioses", para evitar sus castigos y el no ser amados por ellos. Todo por una carencia emocional heredada de nuestros padres-dioses.

La carencia emocional habita en nuestro inconsciente, de allí es que no nos demos cuenta que estamos desesperadamente tratando de "llenarla". Cada paso que damos está dirirgido a satifacer aquello que necesitamos o creemos necesitarlo.

"Necesito de un dios, porque solo no soy capaz de encontrar la bondad en mí", solía decir un conocido. 

Esa carencia es la más triste de todas, la carencia de bondad. No la vamos a encontrar comiendo huevitos de chocolate, ni con golpearnos mil veces el pecho cada domingo. Hay millones de testigos que pueden dar fe que eso nos les sirvió de nada, ¡jamás pudieron entrar al reino de dios! 

Para entrar a ese reino hay que entender primero que no es un lugar, es un ESTADO del espíritu, una manera de vivir, de sentir, de amar. Es cuando, aquí en este lugar, somos capaces de vivir amando incondicionalmente.

Es la carencia la que nos lleva a crear nuestros propios gurues. Cuando seguimos a alguien que ha logrado la paz espiritual en su vida, el amor compasional, el equilibrio y lo convertimos en un gurú (hay miles), en un santo, en un hijo de dios y lo "seguimos" y nos arrodillamos ante él, es porque no entendimos el mensaje.

Me encantaría tener una voz tan potente que lograra que todos se detuvieran un minuto, que pararan sus sables, sus ametralladoras, sus lanzas dispuestas a clavarse en la carne de su "enemigo" y entonces preguntarles:

¿Entendieron que esto se trataba de que cada uno de ustedes se convirtiera en el cristo? ¿Entendieron que la única manera de "vivir" en el reino es amándonos unos a los otros? ¿Entendieron que mientras alberguen odio, rencor, desidia, envidia en sus corazones por cualquier ser de este planeta no entrará al reino de dios? ¿Lo entendieron?

Imagínense esa escena ¡qué fantástico sería! Y que todos mirando en dirección a esa voz fueran
capaces de decir:

¡Si lo entendimos!

"Entonces, ahora que ya lo entendieron, continúen matándose los unos a los otros, tratando de arrebatarle al otro aquello que ustedes no tienen. Continúen "comiendose" los unos a los otros en este "apocalipsis de zombis come huevos de chocolate". Continúen "llenando el carro del supermercado" con lo primero que pillen a mano; satisfaciendo sus carencias buscando en el lugar equivocado, porque lo único que puede permitirme que tenga aquello que me falta... está dentro de mí, en mi propio corazón", sería la respuesta. Y casi les puedo asegurar que volverían a la batalla, como hace más de dos mil años.

Alguien, en medio de lo peor del ser humano, en una zona geográfica que ha sabido mantener vivo ese odio, esa codicia por el poder, esa sed de sangre, provocó una pausa que el mundo aún recuerda y conmemora en esta festividad de semana santa. Mañana volveremos a la "guerra" fraticida de satisfacer nuestras carencias, porque de amor y fe no se vive. A lo mejor por ello le agregamos los huevitos de pascua, para darle más sentido "humano" a esta pausa, por muchos incomprendida.

Los que de verdad entendieron el mensaje, son los que viven hoy en el reino de dios aquí en la tierra y no doblan su rodilla ante nadie y caminan con seguridad, sin miedo, sin dolor porque se convirtieron en los hijos de dios, osea: DIOSES. Y no los vemos porque no están en nuestra órbita de violencia egoísta, ellos están allí, amándonos tal cual somos, desde el silencio de sus reinos divinos aquí en la tierra.

¿Dónde nacen estas carencias emocionales que han evitado que se convierta en el dios que es? Busque su propia respuesta, que cada vida tiene la suya.


sábado, 19 de diciembre de 2015

NOSTALGIA






La nostalgia puede ser
un arma de doble filo,
puede herir tu corazón
y el de quien recibe tu lamento.

La nostalgia brota
como una lágrima incontenible,
como una emoción desbordada,
que hace que el corazón
se vuelva locuaz y atrevido.

La nostalgia puede ser traicionera
y me haga anhelar 
aquello que no quise y que no tuve,
deseando tenerlo ahora
cuando la soledad me hiere.

La nostalgia no es amiga ni compañera,
es un dolor vestido de ángel
que quiere arrastrarte a la desdicha
de la vida en blanco y negro.

La nostalgia te hace decir cosas
desde ese dolor, desde esa herida,
de las que te arrepentirás un día.

Entiendo tu nostalgia amada mía,
como entiendo tu dolor, tu desdicha y melancolía...
como entiendo las palabras
que se escriben desde la agonía...
como entiendo al corazón que quiere ver un árbol
donde refugiar su melancolía
para sanar su herida de tantas horas vacías.

Escuché tu nostalgia
que dejó escapar las aves de los sueños y poesías, 
de promesas e ilusiones,
que parecen más una canción sin melodía.
Escuché tu lamento de las horas vacías,
y me permití soñar contigo de nuevo,
como aquel día. 

Y seguiremos soñando
hasta donde nos de la vida amiga mía,
porque lo tuyo y lo mío
sólo en sueños se daría.






martes, 26 de mayo de 2015

INTENTANDO RECORDAR (Un beso gordo)







Sentado en el balcón

de mi triste corazón,

con los pies colgando

como los de un chicuelo,

intentando recordar

la primera vez que me dijiste te amo,

y me estampaste un beso gordo

en la mejilla….



Una lágrima cae al vacío

y se estrella en el recuerdo

oculto por los años que he crecido,

que no me dejan alcanzar

ese momento de mi vida

que yo sólo quiero recordar,

tus ojitos de aceituna en los míos

diciéndome ¡cuánto te amo!



Miro mis zapatos desabrochados,

mis calcetines grises desvencijados,

mis piernas delgadas como cañuelas

Y mis pantalones cortos como mis años,

esperándote en el balcón

de mi corazón destrozado…



Hoy día comprendí,

sentado en aquel lugar,

que tus caricias y tus besos disfrazados

de retos y regaños,

eran porque querías

que atara mi cordones

para no andar a tropiezos en la vida,

pisando entre carbones encendidos

de un tren que me llevara por otra vía…



Sentado en el balcón

de mi triste corazón,

con los pies colgando

como los de un chicuelo,

veo mis cordones amarrados

y tu mano que me guía

tranquila por la vida,

porque supiste que entendí

que tus retos y regaños

no eran más que un montón

de corazones disfrazados



Sentado en aquel balcón,

hoy te puedo decir adiós,

porque sabes que tu niño ya ha crecido,

que usa pantalones largos,

que lleva abrochado sus cordones,

y que te puede acompañar a la salida,

feliz de haberte tenido como madre en esta vida.


Pero antes de partir,

déjame un beso gordo como el que me diste

El primer día.


CUANDO CAE EL TRONCO




Voy de vuelta a Santiago con el alma cargada de pena, por lo tanto regreso un poco más humano. Nos abrazamos con mi madre expirante durante un tiempo que no podría definir. Nos besamos en los labios, en la frente y también nuestras manos. Lloramos, y nos agradecimos haber compartido esta experiencia de vida juntos. Nos dijimos, no sé cuantas veces, lo mucho que nos amamos. Con sus ojitos llenos de lágrimas me pedía que me quedara y con los míos inundados de pena, le explicaba que no podía, que tenía que volver a trabajar. Nos abrazamos por un buen rato en silencio y pude sentir cada uno de sus huesitos forrados en una frágil capa de piel.


Pienso en todo mi proceso y en lo que cuesta convertirse en una buena persona, de esas que sólo
tienen tiempo para amar. 

Hoy abrazado a mi madre me di cuenta que ella había sido ese modelo del que me formé. Gracias a ella mi proceso fue intenso y edificante. Si no hubiera enfrentado mi obscuridad nunca habría encontrado mi luz, y ella tuvo que ser muchas veces mi obscuridad. Sólo así pude encender la luz y a partir de allí, entender la vida con una actitud de amor, entusiasmo y paz, para poder practicar el perdón y el perdonarse. Ese fue el regalo de mi madre, saber permanecer en la sombra para que yo encontrara mi luz.


Camino al aeropuerto mi hija posaba su mano en mi pierna y me consolaba, cuando debió ser al contrario. Ella, con una generosidad ilimitada se encarga de su abuela. La baña, le da sus remedios, cocina para ella, corre al hospital, entre todo se da el tiempo para trabajar y para ir creciendo como mujer. Mi hija me enseñó tantas cosas en este viaje, fue una maestra de vida. Esta gran mujer tiene tanto amor que a veces la pasión la desborda y arremete contra los hombres que somos más bien torpes en estos asuntos. No nos preocupamos del amor que tienen que inundar la habitación de alguien que se está despidiendo de la vida. Siempre he creído que toda madre DEBE tener una hija. Ellas trabajan mejor el amor que los hombres.



He meditado sobre cada cosa vivida esta semana junto a mi madre. Conversamos de la vida y de la muerte; de lo humano y de lo divino. Recordamos viejas historias y nos reímos un buen rato. Y acordamos en que me vendría a buscar cuando me pusiera "viejito senil". Hubo mucha ternura entre los dos; nuevamente nos sentimos cómplices y amigos. 

"Pelamos" a medio mundo y volvimos a reír otro rato. A veces dormitaba y yo le acariciaba sus blancos cabellos. A veces ella se hacía la dormida para que yo la acariciara nuevamente. No soltaba mi mano mientras descansaba, y si intentaba moverme para ir al baño, ella me la apretaba, como diciendo: "no te muevas, te necesito aquí conmigo"

No sé si la volveré a ver en este plano. No sé cuánto durará su agonía, espero que poco, porque está sufriendo.


Ella es el tronco de esta familia. Creo que cuando cae el tronco, las ramas se dispersan. Todo se
desmorona y cada quien, "las ramas", comienzan a tomar su propio rumbo; caminos, que a veces distancian, y que sólo lograba unirlos la madre, "el tronco". Su figura es principal en cualquier historia. Ella es la columna que sostiene el templo de la familia unida. Al caer el tronco, y de manera natural, cada rama se convierte en la matriarca o patriarca de su propio tronco; se vuelve columna de su propia familia. Y así se inician nuevos procesos de vida, otras historias que ramificarán el gran tronco de la vida y que tendrán un desenlace similar a todas, como el de mi madre.





Vuelvo con una gran pena en el alma, porque de algún modo sé que ya no la volveré a ver en este plano físico. Ahora permanecerá por siempre en mi corazón. 

Hoy soy el patriarca de familia, ese tronco que verán caer mis hijos algún día. 



miércoles, 20 de mayo de 2015

DESVARIANDO EN LAS ALTURAS

El avión se zangolotea a cientos de metros del nivel de la tierra, donde yo debería estar ahora, sin embargo voy montado en este cilíndrico transporte que acorta las grandes distancias que hemos construido entre los nuestros.


La sola advertencia de que mantengamos nuestros cinturones ajustados por probables turbulencias, me descompone. Ellos insisten en la turbulencia "ligera"; para mi es un camión de los 50 que, dificultosamente, transita sobre caminos de tierra.Escribo esto y seguimos con la zumba.



Mi colega Fernando Zolabarrieta, se acaba de mudar al asiento número dos. Lo ataca la impaciencia por querer bajar rápido de los aviones y hoy nos tocó sentarnos a la cola. Compartimos algunas experiencias con respecto a su salida de TVN y de su regreso a la radio que nos cobija, la mejor, la BIO BIO. Nos despedimos y quedamos de vernos. Yo regreso a mi escritura.


La turbulencia "ligera" no para de acompañarnos. Debe ser normal para este tiempo de otoño. Fuertes vientos transitan a más de 400 kilometros por hora y nosotros entre ellos, metidos en este "tubo" que se me asemeja a un dentífrico, desafiando todas las leyes naturales, suspendidos a miles de metros en la estratósfera. Me tomo otro cuartito de Clonazepam para "soportar" el pánico que me ataca cada vez que subo a un avión, algo que me parece tan anti natural.


Me imagino como debe ser esto "allá" afuera, en el espacio infinito. Todo girando a velocidades
inimaginables. Nuestro planeta girando sobre sí mismo a miles de kilómetros por hora y nosotros en esta "vaina" luchando con los vientos que eso provoca. Imagino a la velocidad que gira al rededor del sol y me espanto. No quiero saber cómo el sol gira o a qué velocidad lo hace alrededor de otros sistemas solares. Ya estoy muy mareado de sólo imaginarlo. Somos tan pequeños para tener conciencia de todo ello, entonces se convierte en trivialidad. Como nos parece trivial comer, cantar, bailar, hablar, etc. Y créanme que no lo es.


A pesar de todo, mi corazón está en paz. Primera vez, que viajo de regreso a Antofagasta, y tengo todo tan claro. Voy a devolverle estos miedos panicosos a su dueña, de,quien los heredé hace ya más de media vida. Voy a devolverle sus angustias y sus llantos, sus temores y ansiedades y a darle las gracias de habérmelos prestado ya que sin ellos no me podría haber entretenido en esta vida como lo he hecho.


Voy a sentarme a su lado y la escucharé por horas. Quiero que me hable de mi infancia, del embarazo que me trajo al mundo, del padre que escogió para mí, de los errores que cree haber cometido, de los éxitos que disfrutó en su vida, y quiero que me los cuente no porque no me sepa todas y cada una de estas historias, sino porque quiero que ella se escuche y sepa agradecer todo lo que hizo en esta vida, porque eso, los recuerdos constituyen el único equipaje que se llevará a ese otro destino, del que conocemos nada o casi nada.



Las últimas investigaciones de los expertos han coincidido con el Dr. Rick Strassman que sugiere una hipótesis fascinante: que el alma humana encarna en el cuerpo en la séptima semana después de la concepción, utilizando la glándula pineal como canal espiritual. Esa luz, el alma poderosa, que viene de la perfección, de la felicidad, amor y paz eternos, a conocer y jugar en la vida con el drama, el dolor, el sufrimiento, a conocer las lágrimas, el arrepentimiento y el perdón. Olvidamos tanto ese gran poder y, entonces crece tanto nuestro ego, (sin él no podríamos vivir este juego), que cuando vamos de salida nos llenamos de miedo. Creemos que la muerte del cuerpo es la muerte del espíritu, porque hemos olvidado que es eterno. Voy donde mi madre para que recuerde la luz poderosa que es, para que encuentre esa puerta por la que ingresó al juego y entonces volverá la paz a su corazón.



El avión no para su zangoloteo, la "turbulencia ligera" nos ha acompañado todo el trayecto, pero la verdad ya no me importa, porque al ver la luz de mi madre y al recordar que muchos de estos miedos panicosos los heredé de ella para jugar mi vida, hace que comprenda que hoy vengo a devolvérselos, no sé si todos, creo que me quedaré algunos para jugar un rato más todavía. No se puede jugar el juego de la vida sin miedo al riesgo que es lo que provoca la adrenalina. Para la eternidad, el amor incondicional, la felicidad eterna, para ello está la muerte.


Quien teme a la muerte no es la luz, porque ella se sabe eterna y poderosa, la partícula de Dios. Quien teme a la muerte es el EGO, porque sabe que no trascenderá a esta experiencia y eso lo asusta, le duele, lo evade a través del llanto. Y confabula a todos los Egos a su alrededor para que participen de su temor y cual plañideras, hacen coro de su pánico a dejar de existir, y el dolor se vuelve patéticamente irresistible y cobra forma de figuras siniestras como el celo, la competencia, el llanto dramático, los conflictos, el "rasgar vestiduras", el lanzarse tierra sobre el cuerpo, que no son más que EGO revolcándose en su dolor como el aguijón de la abeja que palpita en un vano intento de continuar su existencia. También existe el llanto del espíritu, pero ese es en silencio, en paz, en amor, porque sabe que se reencontrarán un día.



Hoy vengo a ver la luz de mi madre. Vengo a conectarla con su espíritu y para eso deberá mirar a su EGO a los ojos y pedirle que la deje en paz, y deberá pedírselo con cariño, con amor, porque él le permitió la maravillosa vida que construyó, pero que ahora debe dejar paso a la luz, para que pueda perdonarse y perdonar y revisar lo que aprendió de esta experiencia para ingresar esos datos a la gran consciencia universal, porque en el fondo no somos más que Dios conociéndose a sí mismo.


Hoy vengo a ver la luz de mi madre, vengo a conversar con ella, vengo a agradecerle que no haya roto ni un sólo pacto que establecimos previo a la vida, antes de venir a este planeta a jugar los roles establecidos en esa eternidad. Fue la madre que juró ser cuando allá, en el espacio infinito del amor universal, nos pusimos de acuerdo, por ejemplo, en cuánto nos haríamos sufrir, pero que jamás olvidaríamos que esto es sólo un juego.


Hoy vengo a ver la luz de mi madre, con la paz en el corazón.